agosto 18, 2009

HISTORIAS FRENTE A LA ESTUFA

Espantos al asecho.

En esos años sentados cerca del calor de la estufa de leña, cuando la familia se reunía a esperar los tamales, circulaban como el chocolate y las empanadas las historias, como un ingrediente más de las comidas navideñas. Siempre empezaban cuando se acababa la novena de aguinaldos y esperábamos al niño Dios. La función iniciaba con más personas para lo que estaba construida la cocina y en la cercanía de la enorme estufa; con el parpadeo del fogón y el sonido repetitivo de los grillos afuera.

En realidad para nosotros que pasábamos gran parte del tiempo en la finca, solo era el compilado de todas las historias que en el transcurso del año se contaban, bien en la cocina o en esa comunicación nocturna de cama a cama. Para los primos citadinos, en cambio, eran las más pavorosas razones para no ir al baño en toda la noche. Aunque no todo era siempre fantasmas, patasola, mohan, madremonte, tunjos, candilejas, duendes, brujas y hombres sin cabeza, también había Tirofijo, Sangrenegra, Desquite, Tarzan, godos y liberales.

La necesidad de controlar y tener cerca a los tan inquietos hijos, hizo que nuestras madres y a su vez las suyas contaran con una proverbial habilidad de inventar historias, y como ellas mismas nos han confesado, cada vez más espantosas y creíbles para las tan informadas e incrédulas nuevas generaciones. Es que en la niñez de nuestros padres este tipo de engaño era sencillo; sin televisión y con la nobleza que imponía el rejo. Porque para toda acción o lugar existía su fantasma, asi por ejemplo, ir solo al río era encontrarse con la llorona, ir al nacimiento* era morir por culpa de la madre monte, desobedecer a los mayores era una invocación inminente de la patasola, y otras mas como: dejar la sopa, burlarse del mal ajeno, bañarse el viernes santo, decir palabras soeces, mentir, hurtar, etc.

Surgieron los relatos de venganzas, de justicieros humildes pero valientes, de déspotas con poder heredado, acerca de quienes desplazan, atemorizan, callan o compran; para ello utilizaron, los viejos, las mismas estructuras narrativas de las que se valían para decir, sin temor a equivocaciones, que la patasola por desobedecer se cortó una pierna.

Nuevas oportunidades

Estos últimos años, aunque difíciles, han conservado el ambiente mágico, y si bien, el campo en Colombia ha sido siempre escenario de violencia, es igual el lugar de nuestros mejores recuerdos. Después de muchos años alejados de nuestra tierra -por muchas razones, entre ellas las económicas- comprendo que las intenciones de nuestros padres y abuelos, sobrepasaron las originales, permitiendonos vivir en un su realidad, falsa aveces, pero soportable, donde es posible creer en la justicia, la paz y la fantasia.

Seguirán existiendo entonces las mismas oportunidades de contar y recontar las historias de los abuelos, con la diferencia de que los antiguos héroes son los villanos del presente, aliados con sus antípodas morales y destinados a que sea derrotados por los nuevos héroes, tan en mora de fabricarse, pero hoy frente a la estufa de gas domiciliar, como siempre acompañados del chocolate y del tamal que sellarán la cofluencia familiar Tolimense.

*Este es el nombre que recibe el bosque de rivera donde se surte de agua a la casa.








1 comentario:

Karolyna dijo...

Rescatar los espacios de antaño hace parte de la Resistencia que plantearía Sabato como necesidad de estos tiempos modernos, que debemos rescatar para seguir tejiendo historias como lazos que unan a la familia, así sea adoptando mitos tan antiguos como el nacimiento de un dios en epocas decembrinas o cualquier otra manifestación de creencia que nos abstraiga de la racionalidad cotidiana, que nos devuelva a la imaginación de infancia que nunca debimos haber perdido, pero sin mantenernos al lado del camino de la realidad que deberíamos comprender.
Por eso adoptaría, si acaso el autor me lo permitiera, esta idea de compartir historias ya no frente a la estufa de leña en la que se cocinaban los tamales, sino tal vez frente a un ordenador como este en el que se sigan compartiendo las ideas, a pesar de la distancia.