agosto 26, 2010

Un cucurucho en Santiago

Mientras los acontecimientos ocurrían, en algún lugar de la ciudad salsera, una joven practicante, próxima monja del claustro, oraba por los males del mundo. En sus dedos blanquecinos como planta enredadera se sostenía el rosario. La chica que no superaba los quince estaba arrodillada mirando hacia la claraboya del sótano, en la vieja casa de los abuelos paternos. La luz que podía filtrarse hacia de su rezo la representación de la oscuridad en las almas a veces iluminadas por las tenues migajas de sabiduría del cielo, a quien hace poco le vino en gracia reclutar virgencitas bobas para su ejercito particular.

Sabios son los consejeros familiares, aunque la solución era un poco reprochable, si, pero de nada le serviria a los Amador Gonzales tener a su única heredera como una casta seudo-virgen millonaria haciendo caridades con la fortuna que, mientras se forjó, no respeto credos ni súplicas. Asi que, mientras buscaban una solución a la "locura temporal" supuesta, mejor sería que se quedara en alguno de los numerosos salones interiores de la vieja casa paterna, en algún tiempo utilizadas como bodegas de contrabando, guarida de paramilitares o salas de interrogatorio.

agosto 25, 2010

Cali remember 3

Pero todo fue más fácil de lo que se imaginó. Al cabo de la puñalada, el ángel, que se encontraba como un despojo celestial en los matorrales del cerro, no se percato de la punta que se hundió en el único punto vulnerable, la intersección de las alas, que más bien eran como prolongaciones aerodinámicas parecidas en poco a las extremidades del vuelo en las aves. En fin, dos gotas bastaron, las demás se percolaron en el suelo arcilloso y crearon jades de los cantos rodados. En una ampolleta de vidrio, que antes contuvo algún reconstituyente Corcos o Iván José Cedillo, como era conocido en la tierra, llevó rápidamente hasta Santiago lo que necesitaba con premura. La ciudad lo recordaba imprevisible y lo consentía como al peor de los pródigos. Cali te recuerda con cariño -decía alguno de los carteles promocionales - regresa, te estaremos esperando. Corcos miraba el cartel recordando la proclividad que le había enseñado esa ciudad y la transgresión, el desborde, que nunca le había perdonado. Aún agitado por la maratón, decidió darse un plazo para el recuerdo.

Ivan José Cedillo, anónimo del conglomerado, hijo único, amigo persistente, amante incesante, había nacido para algo importante: morir; su objeto material era la descomposición, su propósito celestial era un pacto: un contrato a término indefinido que consistía en encontrar la forma de rescatar a un alma inocente de los brazos de Belcebú. El alma de una mujer que cuando era Iván José, por casualidad y como en toda historia tonta, se había enamorado. Ahora siendo Corcos, del amor no queda nada, pero el contrato continua.

Llegó al mismo hotel de aquella noche. Antes había comprado comida rápida, unas cervezas y servilletas de textura fina, donde la tinta de los esferos no pudiera diluirse. Tomo las mechas de un trapero nuevo y el latón desocupado de comida enlatada, los sumergió en algo del alcohol que le quedo del esfínter flotador; unió todo con papel aluminio: he aquí una antorcha casera. Se recostó en la cama con todo y los recuerdos, para terminar durmiéndose embebido en el pasado.

agosto 22, 2010

Cali remember 2

Así, mientras bostezaba, entendio cual sería el método. Agustín llegaría en la noche del jueves a la cima del cerro de Cristo Rey, en consecuencia caería desgastado por el viaje cósmico. Sus ánimos, y anima, no se percatarían del acero escondido en la chaqueta ni podría oler las malas intenciones. No por ello, conociendo la asicante malicia del monstruo angelical, tendría que hacer de alma temerosa y tratar de no despertar la menor sospecha. Una gota de sangre bastaba o en su defecto un rastro de alas. Correr, en los dos casos, no era opcional, menos con todas las fuerzas.

Satisfecho por la genialidad de sus planes, volvió a la imagen de la mujer. Marcó el número telefónico en la tabla guija y hablaron por horas, hasta el amanecer, hora en que la conexión se volvía imposible. Las letras y números del indicador piramidal confirmaron que Eliana lo quería aún, en tanto las calamidades de los residentes no la atormentaran demasiado. Eliana, cuyo nombre le resiste a la vida pasada, a veces emerge en la escritura posesa de algún comensal del restaurante, mensajes que son más confidenciales puesto que la guija es evidentemente chuzada por los altos mandos.

Del otro lado del comunicador, en algunos apartes de la conversación, pudo entrever las mustias honras de la perversidad, algo más que esloganes institucionales. De ello se limitó a preguntarse: ¿Que clase de pactos nos libran del infierno? mientras apuraba los huevos, esa mañana del jueves, día del ángel caído –y apuñaleado.

agosto 21, 2010

Cali remember

Gustosa me iría contigo al laberinto -me escribió en la servilleta - seguro saldríamos en un instante; lo único que pido es una antorcha, el esfínter más elástico y un residuo de Adonay. Esas son mis exigencias, tómalas o déjalas.

Mi nombre se veía borroso debajo del texto, pero se podían encontrar las oes siempre atentas, como unos ojos que le dan sonido a dos consonantes débiles. Mi nombre, a diferencia de lo que creen muchos, todavía me es extraño. Al arrugar el papel, y arrojarlo en los reciclables, comprendí que lo único difícil era la divinidad embotellada, porque un esfínter saldría de la anatomía de un cerdo, tan parecida a la humana. Así que me enmascare con el casco y prendí la moto, a unos veinte kilómetros había una granja y el dueño me debía varios favores. El hombre del restaurante, indeciso, me preguntó por la paga del desayuno -por las frases en la servilleta me había olvidado de cancelar la cuenta- pero desde mi insolencia consabida le grite que lo anotara en el cuaderno, que nunca se habían retrasado más de dos meses. Tenía los bolsillos llenos, pude haber pagado en seguida. La motocicleta rugió y deje al hombre con medios pulmones repletos de monóxido.

A la vuelta de la granja el esfínter flotaba en un frasco lleno de alcohol antiséptico. La maquina estaba sedienta de combustible y la cabeza me hacia enredos imaginando la obtención de la esencia. Paré en el motel Sunrise, donde había una gasolinera. Alquilé una pieza en el segundo piso, dentro, acomodado, encontraría la forma de robarle algo de su decadencia al ángel que me trajo hasta el poblado, a veinte minutos de Santiago de Cali. Agustín, lo llamaban, y de ángel solo tenia las alas.

agosto 20, 2010

Cali recuerda

Un sábado, víspera de las fiestas, sentado frente al monumento, sacando punta al lapiz, recostado sobre la banca de madera, con el cuaderno abierto, las ideas frescas, un poco de sol, llegaste para arruinarlo todo.

Viendo la acequia del camino, me había imaginado la estatua del fundador como una marioneta del artista; mirando el agua escasa deslizarse sobre la superficie lamosa del fondo arcilloso, quise inventarme un nuevo personaje: el fundador perverso que jamás durmió una noche en su ciudad y prefería quedarse en las haciendas de la periferia, contemplando las extensas plantaciones de caña y engatusando a las mulatas hijas de los cortadores. El fondo impermeable que cuando llega agosto se cuartea por causa del calor excesivo, tal vez un patrón predecible del relato sobre los próceres: grandilocuentes tratados históricos que no resisten la inspección de la conciencia o el mudo reclamo de los perdedores.

Mi caricatura llevaría al Fundador al margen de los acontecimientos y lo degradaría a un ordinario caza fortunas. Sin embargo, mientras hacia los primeros óvalos de la cara, llegaste para arruinarlo todo. Metida totalmente en el futuro cercano, de las cabalgatas, el furor y la salsa; madrugando como siempre a mantener esas caderas torneadas y el abdomen totalmente plano, no pudiste dejarme sólo allí, con el fresco aire de la mañana, rescatando de la estatua de bronce una probabilidad de acierto, una manera de entenderme, de rastrear nuestro flagelo; no, tenias que mostrarte con esos trajes deportivos al cuerpo y revolverme las ideas con el sensual acento caleño y la voluptuosidad de las mulatas.

agosto 15, 2010

Mi espalda, riñones, intestino e hígado fueron contrachapados. Al artesano que los hizo le agradezco también el perfecto contraste entre musicalidad de la caja torácica y el ritmo del corazón. Mis necesidades básicas, comentaría el violín, son iguales a todos los instrumentos, pero mis necesidades especiales son así, especiales. Cada afinación es un acorde. Cada contraste es un módulo. Cada solo es un orgasmo. Mi contingencia y la efervescencia son tallados con un herramienta afilada, ya que el ego, a veces, es una navaja y otras una herramienta. Al templar mi nervios he aprendido a romperme en notas, pero es mejor oxidarse y dejar en los dedos la marca de la quinta y sexta cuerda, porque los bajos también son los llanos, el suelo que sustenta y al que no le importa si lo escupes o pisas. Mis escritos, mis ideas, mis anhelos son material reciclado.

agosto 13, 2010

El paso

Una autopista extensa, derivada en la distancia, se proclamaba ante ellos cuando todo parecía indicar que pasarían otras horas entre el matorral. La frontera quedó atrás y desde hace un día los amigos, la familia y el pueblo parecen un remoto pasado. La tetera estaba vacía y los víveres consistían en dos latas de atún, medio pan y una bolsa de sal; algunos cerillos impermeabilizados y una navaja que cortaba como katana. La planicie asustaba y las gotas de un nuevo aguacero terminaban por arruinar la mañana. Es lunes, un pésimo día para caminar por tierras extrañas. Es marzo, un mes propicio para el enamoramiento y la nostalgia, nunca para la aventura. Rondamos el 97, un año maniaco, con la exaltación de la individualidad y el compromiso de un nuevo siglo. Con todo, la parte de la ensoñación: la congestión de las ciudades, sobrepoblación, la tabula rasa del optimismo y de hecho las soluciones -no meditadas, sino intuidas- de emigrar al norte. Unidos por la necesidad, aunque aún de amor se hacen cosquillas, peor arresto para continuar las caminatas sin fin: la desconfianza. ¿Es mi amado, de al lado, el correcto?- piensa Aurora, que no puede ver más que sus zapatos mientras avanza en el asfalto; Adidas - elemental walking- confortables hasta que se llenan de agua. La mano que la sostiene es de Fercho, Fernando Luque, quien no tiene pensamientos para describir, no así un deseo, un antojo: escapar.

agosto 12, 2010

A la chica gordita

Apuesta que puedo abalanzarme sobre tu figura redonda. Finge mientras puedas y muestra seguridad, ya sabrás la malicia oculta en mis lentes de astigmático. Te crees poderosa con tus enormes brazos, pero eres frágil. Me miras y decides convencerme como lo hace un mimo, mediante el absurdo complot del silencio y los gestos. Odio a los mimos. ¿Sabes? le temo a los payasos desde niño...eso no debería importarte; pero haces bien el trabajo de hacerme reír. Si fuimos caldo en la hambruna de la humanidad, tu serias la pechuga y yo sería el cilantro. Mientras los muslos seductores de pavo decembrino se meten dentro de esos ajustados jeans y mientras el enorme trasero que sustenta el devenir de la inconstancia femenina o mientras eso reproche la desnutrición, existirá paz en el mundo. Hasta ahora todo esta bien. Pero eso para ti saldrá mal. Un día escurriré mi mano más allá y sentirás mi mano, la sentirás y no querrás que la retire, porque la traerás con cuidado al mismo lugar donde antes, con tus ojos blanqueados, despreciaste, la llevarás al lugar ese donde el tocino formado despertará tu apetito, lo supongo voraz.

agosto 08, 2010

Calma, puedes estar acelerado.

Verbo y mandas a callar a la multitud. Tú, y el bastón que se agita entre los parroquianos, son el artefacto contra el deplorable hundimiento de los principios morales, de las viejas normas olvidadas. Ni las palomas con su resignación, ni los postes con su electricidad y ni los nietos con su alegría estruendosa. No ves que las avenidas se transforman, como la conciencia humana, como las motivaciones, tu vez es un detrimento del patrimonio o lo que supura de la arquitectura. Vez las marcas frenéticas, el afán, la desesperación. Reposa mi viejo cacreco. No enmiendas nada con los discursos que nadie escucha, ni resuelves el problema ancestral mostrandonos el camino correcto. En cambio sirves al mundo con la paciencia y con la velocidad de tus emociones.

agosto 05, 2010

El viejo burocrata

Nada peor que encontrar al viejo sentado en la oficina esperándome con la actitud de superioridad, la que le confiere su puesto. Más que me pesa saludarlo con la hipocresía que a los trabajadores públicos les gusta, pero eso si, el "doctor" no se me salió. Hago todo el preámbulo y la deferencia vinagre para que me deje entrar, porque sigo ahí en la puerta mientras él revisa unos papelitos y no se digna a mirar cuando saluda. Le digo: “mi nombre es tal y le había enviado un correo electrónico contándole acerca de mi problema”. "¡Ah si! ya se quien es usted" Contesta ahora mas subido en su pedestal: "mire, le voy a pedir que cuando tenga algún problema con aspectos administrativos venga, personalmente, porque por correo no se pueden solucionar" Entonces hago una replica formal: "Es que como el problema era con la asignación que hace el sistema para mandar imprimir un recibo de pago, pues creí bastaba el procedimiento vía internet" Dijo entonces: "No le aseguro nada, porque allá en la oficina de sistemas tienen sus fechas y no se si usted este entre esas fechas. Usted envió ese correo hace rato, pero le repito que debe venir hasta acá. Mandar a elaborar un recibo es fácil, porque incluso acabo de hacer uno...pero no le aseguro nada" Pregunto: ¿le dejo mis datos personales? "No, ya los tengo en el correo y con el procedimiento interno que yo hago aquí en le sistema con eso basta, venga el lunes, por la mañana a ver que pasó" Conclusión: el viejo quería verme en la oficina para comprobar su poder sobre mi, ya que hubiera hecho ese mismo procedimiento los día atrás cuando le envié el correo. La mañana del lunes,  estoy casi seguro, será una absurda perdida.

agosto 03, 2010

Advertencia

De tres a cuatro desmayos diarios recibe la enfermería del claustro. En la capilla, que es la primera estación del recorrido habitual, incluso después de innumerables, precisas y hasta aburridas –por lo obvias- recomendaciones, no falta quien vea en los ojos de la muerte un final feliz.

agosto 02, 2010

El día que te ví llegar

Sortearás el coche cuando se aproxime de frente y lo harás sin éxito. Mientras des las vueltas en el aire una película se revelará completa en tu cabeza, desde el inicio hasta el fin que coincide con la aparatosa caída. Me encontraré cerca de los acontecimientos volando en círculos, dejando que las puntas de mis dedos acaricien el pavimento y traspasen los materiales sólidos. Los aleteos son ondas que mueven las cabelleras de los curiosos, un domingo en la mañana; una señora organiza su cabello castallo que se ha desordenado por las ondas de aire a mi paso. Te ves hermosa desde estas alturas. Esperarás dentro del cascaron, querida, porque de allí no te levantarás en hueso, lo harás en espectro. Ese mismo día miraras mis ojos y reconocerás de inmediato el amor, en los mismos rasgos que olvidaste al nacer. Nunca es tarde para volver. Aquí estoy como siempre esperandote, aún en las visiones del futuro.

Ahora puedo verte salir de tu apartamento con el corazón hecho pedazos. Siento tus latidos y siento la respiración agitada. Sé que el hombre que dejaste adentro traiciono el juego sucio del amor. Jugaste limpio, bien por tus creencias. Asumo que las lágrimas no dejaron que vieras el Chevrolet acercarse de costado. Adivino que las medidas de seguridad, tan persistentes en ti, no fueran tema de importancia, pero salir corriendo a la calle en bata y en pantuflas fue una completa locura.

agosto 01, 2010

El hombre y su talento

Esa tarde se dirigía al Cedral contratado por los amigos de su esposa, Miranda, quien le rogo hacer un descuento especial. Caminaba sobre su único pie natural y se apoyaba en una prolongación a manera de pierna en madera de eucalipto. Mucho se había hablado de la prótesis, que parecía ser uno de esos logros mayúsculos de su prodigiosa forma de tallar la madera, poco en realidad de las circunstancias de la perdida del miembro y nada de los orígenes de su talento.

Amalgamado como un pecado tenía en su mirada los rasgos de dicho talento. Al constatar la presencia de los espíritus solía inclinarse despacio y saludar a las figuras que parecían recibirlo desde la distancia. Sus ojos, de un marrón pálido, producían el mismo efecto del ventilador cuando en un ambiente saturado de calor pasaban las corrientes de aire agitado. Incluso el mismo efecto del gato hidráulico para el peso del duelo, que como la roca de Eufrantes crece como una planta alimentada de los recuerdos; un mínimo artefacto para la tristeza de la muerte en el portaequipaje.

En su recorrido pensó en los mismos temas mundanos de siempre. En su paso y en la cadencia de la cojera, respiraba profundamente, cerraba y abría las manos con vigor. No usaba bastón aunque debería, los años traen desgaste a las articulaciones y a él ese bamboleo al caminar le había traído fuertes dolores de cintura. Unos años atrás podría haber hecho de su facultad una fortuna, pero de alguna manera a los espíritus les gustan las almas nobles con bolsillos pobres. Lo mucho que ganó lo repartió entre sus seis hijos y algunos ahorros deberán servirle en los años que llegan, porque la credulidad es una tasa de café sin orejas y no hay nada mejor que un buen tinto caliente en las mañanas. La experiencia de la muerte es vista como la finalización de un retorno y no como el inicio, o continuación, de la espiral; así, como conclusión, los clientes deben ser menos cada día.

Unas cuadras antes de llegar al sitio, salía de sus imágenes terrenas y se imponía una serie de rutinas trascendentales. Primero la respiración: ingresaba grandes cantidades de aire por la nariz y las expulsaba lentamente por la boca. Continuaba la imaginación: atraía los recuerdos queridos y las imágenes preferidas, inventaba un pequeño cuento con ellas. Por último cantaba una cancioncilla, que se había aprendido al revés y terminaba con un aplauso. Al término, se quitaba su pierna y se descalzaba el pie. Entraba en la casa repleta de pesares. Sonreía a los vivos y saludaba a los muertos. Usaba las paredes como apoyo y en saltos recorría la casa imponiendo un total silencio a los presentes. En unos minutos, en alguno de los saltos del recorrido, se quedaba inmóvil y desde su garganta salían los ruidos que poco apoco se convertían en palabras y luego en frases…en ese momento él ya no es él, es otro u otros.

Con el dinero y el estomago repleto regresa a casa. Algunos lo habían despedido entre lagrimas, agredecidos y con un nuevo semblante. La rebaja no se habia hecho efectiva, incluso aumentaron el precio con una bolsa de pan fresco, unas frutas y un bastón de Guayacan -que seguró en breve utilizará. En el trayecto separa en dos la paga recibida: en un bolsillo el valor con rebaja y en otro la rebaja. También vuelve a sus pensamientos que son los mismos de siempre.